Echar raíces lejos by Susana Spyrka
Cuando hablamos de emprendimiento, muchas veces hablamos de darle sentido a la vida. De
encontrar esa forma en la que algo que nos apasiona, se convierte, además, en una fuente de
ingresos.
Pero cuando hablamos de emigrar y emprender, hablamos de algo más profundo. No se trata
solo de montar un negocio. Se trata de echar raíces, de habitar dos mundos a la vez, de
construir un puente entre lo que somos y lo que nos rodea.
Emprender fuera de nuestro país es una manera de anclarnos a una nueva cultura, sin dejar de
ser quienes somos. Es una forma de decir: «soy cultura». De reconocer que somos ese espacio
intermedio entre lo conocido y lo desconocido. Emprender en otro país es una forma de
habitarnos, y de habitar el mundo.
Porque emigrar implica vernos, encontrarnos, conocernos, identificarnos como seres, más allá
de una nacionalidad. Es aprender a ver las diferencias como oportunidades, lo semejante como
la base de nuestra comunidad. Y, sobre todo, es aprender a brillar con nuestra propia luz.
Al emprender en el exterior, proyectamos esa luz. Al principio, como un cucullo, pequeña pero
persistente. Le damos amor al brote de una semilla, sin saber del todo cuándo ni cómo crecerá.
Pero confiamos, seguimos, regamos, cuidamos.
Emprender, para mí, ha sido todo… menos lo que imaginé. Me he llevado muchas sorpresas,
especialmente en un país como Alemania, donde las regulaciones están presentes en cada
paso.
Por un lado, admiro la exigencia del ecosistema emprendedor aquí. No se habla de «sacar
negocios adelante», como si estuvieran hundidos en un hueco del que hay que salvarlos. Aquí
se habla de hacer negocios rentables, sostenibles y escalables. Y eso exige contactos,
certificaciones y, sobre todo, una generación de confianza profunda.
Alguna vez escuché que en Alemania hay que hablar entre 7 y 12 veces con alguien antes de
hacer una venta. Mientras que en el mundo hispano, bastan un par de buenas charlas.
Emprender no ha sido solo una profundización en la academia. Ha sido una inmersión en la
cultura. Y, también, en mí misma. Me he convertido en la «Eierlegendevollmilchsau» (la cerda
lechera que pone huevos). La famosa todera, para poder delegar, para poder liderar un equipo,
para reforzar lo que sí sé hacer bien.
Ha sido hacer malabares, habitar lo gris, cambiar ritmos, adaptar rutinas, abrirme al cambio.
Moverme, mientras echo raíces.
¿El centro de todo este viaje?
Conocerme, conocer mis límites, aprender a escuchar, y a escucharme.
Multiplicar la paciencia, fortalecer la fe, tejer confianza, crecer en comunidad. Como lo hacemos
en espacios como Emigrar y Emprender.
Pero también, aprender a estar en silencio. A recogerme, antes de expandirme. A cuidarme,
para ser productiva. Y, sobre todo, para no caer en la rueda del hámster del emprendimiento.
Para asegurarme de que tanto mi negocio, como los negocios que acompaño, tienen cimientos
sólidos. Que pueden sostenerse, crecer, y reflejar esa luz que, a veces, empieza con un
destello pequeño, pero termina iluminando mucho más de lo que imaginamos.
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